Creo que a estas alturas no descubriremos nada nuevo al asegurar que uno de los mayores negocios, y a la par suculentos, de estos últimos años ha sido, sigue siendo y desgraciadamente será la fabricación de impresoras, equipos multifuncionales y fotocopiadoras. Pero no por el hecho de vender el hierro o en el peor de los casos plástico en sí, sino porque la rémora que supone tenerlas que alimentar cada pocos días convirtiendo el mantenimiento de estos aparatos en una auténtica carga en las economías domésticas y profesionales.
Hace unos años éramos unos pocos los privilegiados que disponíamos de una de estas maravillas en casa, aptas para imprimir trabajos para el cole o instituto y poco más. Las impresoras de antaño, las Epson y las Star de agujas que fueron sustituidas paulatinamente por los primeros tanques de HP monocromos, eran extremadamente económicas de mantener. Una cinta que daba vueltas y vueltas, que acababa y volvía a empezar y que cuando tenías que cambiar te costaba no más de 600 pesetas. Después llegaron las citadas HP de tinta, que imprimían sólo en negro hasta que apareció en escena la serie 600 de la misma marca pero a color y ahí empezó todo, o mejor dicho, acabó.
El señor Hewlett y el señor Packard tontos del todo no eran y pronto vieron el filón que era la venta del consumible. Antaño los cartuchos de tinta valían dinero pero no mucho, y lo que era más importante, duraban un tiempo razonable. Muchos de nosotros recordaremos haber comprado alguna vez en la vida un cartucho modelo 26, 29 o 45 de HP, de esos grandes donde había entre 30 y 42ml de tinta negra y que duraban semanas y en muchos casos, meses. Era la época en que empezaron a aparecer los primeros compatibles de la mano de Pelikan y sucedáneos, que vendían a mitad de precio el mismo cartucho y prácticamente la misma tinta. El negocio funcionaba, pero había que intentar ganar más.
La primera táctica que tomaron los fabricantes de impresoras, HP, Epson, Lexmark y un poco después Samsumg, entre otras, fue la de abaratar el coste de la adquisición del hierro, o plástico en el peor de los casos. Impresoras más baratas, más malas, con más calidad de impresión y mayor velocidad, que provocaban consumos de tinta más elevados y por tanto, mayores ingresos a los fabricantes de estos aparatos. A la par, aparecieron los primeros recicladores oficiales. Estos recicladores montaron una red de recogida de cartuchos usados y lo único que hacían era volver a llenarlos para venderlos de nuevo a mitad de precio. Esta práctica es totalmente legal en nuestro país siempre y cuando en el cartucho conste la marca del reciclador o simplemente, se vea claramente que no es original ya que entonces estaríamos hablando de una falsificación. El negocio funcionaba, pero había que intentar ganar más.
Los fabricantes de impresoras vieron que vendiendo cartuchos con altas capacidades de tinta, y por tanto, un precio más elevado, salía muy a cuenta la tarea de los recicladores ya que vendiendo a mitad de precio un cartucho caro de por sí, seguían ganándose muy bien la vida y haciendo rentable el negocio. Entonces hubo una reacción pensada únicamente para beneficio de los fabricantes y en detrimento de los usuarios: Fabricar cartuchos más pequeños, con menos tinta y más baratos. Pero que nadie piense que las bajadas fueron proporcionales, ni muchísimo menos. La cantidad de tinta bajó entre 8 y 10 veces y el precio sólo bajó la mitad. Dos pájaros de un tiro: Más beneficio para los fabricantes y menor para los recicladores. A raíz de este hecho muchas de estas empresas que rellenaban cartuchos desaparecieron porque mientras les resultaba rentable vender a 18 euros un cartucho que original valía 32, no les salía ya a cuenta vender a 6 un cartucho que valía 12. O al menos no era tan competitivo. El negocio aquí ya empezaba a funcionar muy bien para los fabricantes y no tanto para los recicladores, pero había que intentar ganar más.
Los fabricantes optaron por una táctica que ya todos llevan a cabo al unísono: Cambiar los modelos de impresoras cada año o menos, y al mismo tiempo cambiar también el modelo de cartucho variando tanto las medidas como la capacidad. Al mismo tiempo ordenaron a los encargados del diseño de estas impresoras que las hicieran más endebles, que pudieran hacer más cosas que antes (escanear, enviar fax, fotocopiar....), y sobretodo facilitar al usuario las labores de impresión compulsiva añadiendo ranuras de tarjeta de memoria para imprimir las fotos de las cámaras digitales o conectores USB para imprimir sin necesidad de poner en marcha el ordenador. Así pues, los recicladores han ido viendo estos últimos meses cómo les cambiaban los diseños de los cartuchos y tenían que empezar casi de cero con cada nuevo modelo. Cuando tenían por la mano rellenar el modelo X, aparecía el modelo Y totalmente diferente y vuelta a empezar. En este momento el negocio de los consumibles es ya multimillonario y los recicladores lo tienen ya francamente complicado y deben especializarse y modernizarse para poder seguir con su actividad.
Lo último conocido por parte de los fabricantes roza la ilegalidad, o al menos, es totalmente inmoral. Cuando decidieron que 4 mililitros de tinta eran suficientes en lugar de los 40 habituales, no tuvieron rubor alguno de mostrarlo al usuario. Efectivamente, los cartuchos mostraban la cantidad de tinta almacenada y uno se hacía bastantes preguntas. La primera, cómo podía ser que un receptáculo donde bien podrían caber 20 o 30 mililitros había sólo 4, o cómo podía ser que 4 mililitros de tinta dieran para imprimir las 200 hojas que aseguraba el fabricante. Para dar solución a estas preguntas, los fabricantes han optado últimamente por no dar esta información y los cartuchos de tinta ya no muestran la cantidad que llevan dentro. Así no hay preguntas.
Para acabar de rizar el rizo, los fabricantes se dieron cuenta que en los cartuchos donde ellos daban 4 mililitros de tinta, los recicladores metían 20 y los vendía más baratos que los originales, así que tuvieron la brillante idea de partir estos cartuchos con un plástico para que la esponja que llevan dentro no pudiera ser más grande ni tampoco pudiera ser cambiada.
Todo esto nos lleva a una situación cuanto menos, esperpéntica: Hoy día un cartucho de 4ml. de tinta vale 15 euros de media, que si traducimos a litros, nos da la nada despreciable cantidad de 3750 euros ¡¡por litro!!. Sin duda uno de los líquidos más vergonzosamente caros del universo, sobretodo teniendo en cuenta que los recicladores pagan 10 euros por la misma cantidad del mismo elemento.
No hay que ser hipócrita y decir que a los que vendemos consumibles esto nos parezca una aberración. Al revés, nos proporciona un suculento negocio en alza que asegura frondosos beneficios a corto plazo sin romperse demasiado los cascos. Pero tampoco hay que negar que a muchos se nos cae la cara de vergüenza cuando vendemos un escupitajo de tinta a precio de langosta.


Secciones
Último editorial
Encuesta

Puntúa este artículo