Cita a las nueve
by , 30 de December de 2010 at 12:09 (2621 Lecturas)
Las ocho de la tarde. Hay que espabilar. Siente los dientes rasposos, consecuencia de no habérselos limpiado desde anteayer, quizás mas. La barba aflora y el pelo es una extraña mezcla de brillo y motas blancas producto de una dudosa higiene y una exagerada seborrea respectivamente. Y la cita es a las nueve.
Entra en el baño, el frío es intenso pero lo acata ya que vive solo, nunca suele estar a esa hora en casa y la calefacción está programada para entrar en funcionamiento a las diez. Ducha generosa que deriva en una sauna improvisada debido a la gran cantidad de vapor acumulado. La cabeza está ya presentable pero queda la barba y los dientes rasposos. Se afeita con cuidado para no acudir a la cita con alguna marca en el rostro y se limpia los dientes hasta el punto de que dos de sus encías empiecen a sangrar.
La imagen es crucial si quieres provocar una buena impresión en tu primera cita. Y más aún cuando la cita es a ciegas. Así que decide colocarse una muda aún por estrenar, reservada para alguna ocasión especial. Pantalones de pana marrón, jersey de punto de cuello alto, zapatos a conjunto y americana con rodilleras en los codos. No es su estilo pero lo cree adecuado. Llaves del coche, la cartera, el teléfono. Las nueve menos cuarto.
Parte de su casa hacia el punto de encuentro, un estrambótico bar donde tanto es posible tomar una copa con una amistad como buscar un rincón oscuro para vomitar a tu pareja todas tus confidencias. Este bar se encuentra en una calle que intimida, estrecha y con pocos transeúntes a pesar de estar en una zona céntrica. Así que el coche se queda en el parking y los últimos metros, a pie. Las nueve y cinco.
Un vistazo desde fuera, no la ve. Repasa toda la calle, de arriba a abajo, recula a una esquina por donde intuye podría aparecer, pero no está. Vuelve a la entrada del bar. Ella debe llevar una flor blanca en el ojal de la camisa. Quizás es esa rubia, esperará que se quite la chaqueta. No hay flor. Decide entrar.
Una vez dentro del bar hace evidente que busca a alguien ya que a medida que avanza entre las mesas para dirigirse a la barra interroga con la mirada a todas las presentes, especialmente a las cuatro que se encuentran sin compañía. Llega a la barra del fondo preguntándose si ella ya estará aquí y no la habrá visto, así que tras una pausa de unos pocos segundos, decide girar e irse hacia una mesa céntrica, sentarse en un incómodo escabel y proseguir su inspección visual. No la ve, no está.
Empieza a pelar nervioso unos cacahuetes que el camarero ha dejado a su lado después de recibir órdenes expresas de esperar a la acompañante antes de traer la bebida. Y es que el dilema está servido. ¿Qué le parecerá si me encuentra con un vodka entre manos? Hay que esperar que llegue y pedir lo mismo que pida ella. Será lo correcto. Las nueve y diez.
Empieza a llover. Si el callejón era moderadamente solitario hace unos minutos, ahora parece desolado. El agua empieza a caer con fuerza y los que iban a irse se lo replantean y los que iban a entrar, se dan toda la prisa que la combinación de suelo mojado y calzado inapropiado les permiten. Momento de encender un cigarrillo, pero no, mejor esperar a que llegue. No sería correcto presentarse con un vodka en una mano y el cigarro en la otra.
Por fin aparece. Zapatos de tacón alto, medias que no lo parecen, sino más bien una red de pescador perfectamente ceñida para capturar unos muslos extraordinariamente proporcionados. Falda corta, lo suficientemente larga para no dejar entrever nada que la ocasión no merezca. Camisa color marfil, no muy ceñida, y con la flor en el ojal acordado. Un botón desabrochado de más, quizás por la carrera que ha hecho bajo la lluvia, quizás para dejar entrever un lunar estratégicamente colocado en la parte derecha del escote. Aparece con una carpeta llena de papeles bajo el brazo y tapándose con la chaqueta el peinado recién estrenado, probablemente para la ocasión, al menos eso piensa él.
Entra en el bar, soplando fuerte. Levanta la mirada, busca a alguien de quien no tiene referencias, ya que el acuerdo es que ella aparecería con una flor y él la reconocería. No le da tiempo ni tan siquiera a inspeccionar parte del bar que ya lo tiene dirigiéndose hacia ella saludando discretamente con una mano. Es él. Es ella. Se dan dos besos. Comentan el tiempo, maldita lluvia, le invita a sentarse.
Ella observa su reflejo en un cristal para cerciorarse que su melena sigue mas o menos como estaba unos minutos antes de empezar a diluviar. Se da cuenta que los asientos de este bar pueden jugarle una mala pasada y se siente incómoda con esa falda ajustada y el trasero a dos palmos del suelo. Él tiene las manos sudorosas y aparenta buscar algo en los bolsillos para secárselas. La boca no le funciona de manera proporcional a las manos y la sequedad hace que empiece a preguntarse si era realmente una mala idea haber pedido un vodka cuando podía. Le pregunta qué quiere tomar. Ella dice un vodka con lima. Él lo mismo.
Ella no se muestra muy relajada y empieza a buscar en su bolso hasta sacar una vieja pitillera metálica de esas que ya sólo se pueden encontrar en anticuarios. Espacio para diez cigarros perfectamente colocados quizás porque está intentando dejar el hábito y de esta forma puede moderar el consumo. Se fuma el noveno. No lo invita. Él saca su paquete de Marlboro comprado para la ocasión, ya que es más de fumar Ducados rubio. No le ofrece fuego porque junto con la pitillera va un encendedor a juego. Fuman. Entonces ella empieza a sacar papeles de su carpeta, y a buscar nerviosa un bolígrafo que recuerda que no tiene. Lo pide al chico de la barra.
Por favor, un bolígrafo. El camarero acaba de poner las bebidas solicitadas en la bandeja mientras busca algo con que satisfacer las demandas de la bella dama. De mientras, ambos siguen esperando en silencio la llegada del barman como si el resto de la noche dependiera de eso. La ausencia de conversación empieza a hacerse incómoda.
Llegan las bebidas y el ansiado bolígrafo. Ella decide por fin atacar y lo mira fijamente a los ojos. ¿Estás seguro de lo que vas a hacer esta noche?. Abso..., ejem, ¡absolutamente!, dice él. Firma aquí. Él coge el bolígrafo, firma. Ella recoge los papeles y le ofrece a cambio un sobre que él no refuta. Busca la americana colgada en la pared para guardarlo pero al final decide meterlo en el bolsillo del pantalón. Ella no se siente cómoda, ya que probablemente, al igual que él, también es su primera vez. Al final le espeta: Recibirás instrucciones, debo irme. Que tengas mucha suerte. Coge la chaqueta y a pesar que sigue lloviendo se la pone donde corresponde sin tener en cuenta que un peinado de más de 100 euros está a punto de irse al traste. Sin mediar más palabra, sale del bar.
Él permanece sentado en el incómodo escabel con dos vodkas rebajados con lima y la mirada perdida desde el momento en que ella desaparece calle abajo. Se toma del tirón el primer cubata. Dos caladas profundas, la tercera la interrumpe porque el mal gusto le indica que está empezando a fumarse el filtro. Se mira el segundo vodka, y acaba por tomárselo también del tirón. Hay que celebrarlo. No todos los días vendes uno de tus dos riñones por 6000 euros.







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