Décimo aniversario.
by , 30 de January de 2011 at 17:21 (5771 Lecturas)
Conduce por la A7, dirección Girona. Absorto, recuerda su décimo aniversario de boda. Cuando piensa en ese día le vienen a la cabeza sentimientos contradictorios. Por un lado, felicidad por haberse casado con la única mujer a la que ha hecho el amor, que se mezcla con una sonrisa por las palabras del capellán, que no paró de gastar bromas durante la informal ceremonia. También siente una profunda nostalgia, porque han pasado diez años, un suspiro. Y tristeza, porque algunos de los que estaban, ya no están.
Sigue conduciendo. Diez años después sigue profundamente agradecido a su tío. A ella le hacía mucha ilusión casarse en el mismo lugar que lo hicieron sus padres, en una capilla al lado de un viejo faro que corona un no muy elevado monte pero que dada la orografía del lugar permite ser visto desde prácticamente cualquier rincón de la comarca. Casarse en esa capilla, sin embargo, no fue fácil. Llevaba tres lustros cerrada a actos religiosos y solo se abría para ser visitada por el numeroso turismo de chancleta que invade la zona en los meses de calor. Su tío, viejo marinero ya retirado y al que algunos debían favores, no tuvo demasiado trabajo a conseguir las llaves de la capilla, que la adecentaran el día antes y a desplazar al capellán de la iglesia donde había oficiado las misas de los últimos quince años.
La capilla no era muy grande, más bien pequeña. Cincuenta personas sentadas, una treintena de pie. Sin micrófonos ni altavoces, porque las medidas del recinto los hacían innecesarios. Un altar austero, como la propia capilla, de origen gótico. Al fondo, un santo local, custodiado por dos bellas maquetas de madera a escala de veleros del siglo XVIII. Colindante, una vieja masía recientemente restaurada y reconvertida a hotel con tan solo seis lujosas habitaciones todas con vistas al mar, a la que se puede acceder por una puerta lateral. A una veintena de metros el viejo faro, que un siglo después sigue aún girando más como adorno que como herramienta para guiarse por el mar.
La ceremonia fue a la una. Las pocas fotos que conservan las hicieron en la parte trasera de la capilla, en un pequeño sendero bordeado por un muro de piedra tras el cual había el vacío, un vertiginoso precipicio cuyo final, a casi trescientos metros de distancia, casi no permitía distinguir la espuma blanca del mar de la mezcla de rocas calizas, mármol y granito que define el litoral de la zona. La comida, en el hotel donde horas más tarde pasarían juntos la noche, en una de las seis habitaciones disponibles.
Una de las ventajas de conducir absorto en pensamientos es que se llega al destino casi sin darse cuenta del trayecto recorrido, casi 200 kilómetros en este caso. Clava el freno de mano, recuerda que se está orinando, busca el teléfono móvil para ver que hora es. Llega puntual. Ha reservado la misma habitación, diez años después. Dijo que llegaría a las doce del mediodía. Faltan cinco minutos.
Baja del coche, situado casi en el mismo lugar donde aparcó hace diez años el Mercedes verde oscuro alquilado para la ocasión. Y fue en el instante en que frenaba ese Mercedes cuando la vio primera vez vestida con los atuendos de novia, por eso de la mala suerte y las costumbres. Recuerda que en ese preciso momento vino su madre, y nerviosamente amenazante le regañaba por no estar ya en el altar. Pero es que ella había llegado diez minutos antes de lo previsto. Y tampoco era para tanto, la había visto sólo por la ventanilla, cerrada para no mover de sitio un peinado estratégicamente diseñado.
Abre el maletero, coge la mochila, con todo dentro. Lleva planeando este décimo aniversario desde hace mucho tiempo. Y es que un hotel con tan solo seis habitaciones libres no es un sitio donde puedas presentarte el mismo día para pasar una noche. Entra en el recibidor, acogedor como siempre. Herramientas de pescador colgadas en la pared, tres luces tenues en forma de lámpara de mesa y anotaciones y reservas a mano. No tiene mucho sentido colocar un ordenador, al menos en la entrada. El olor mezcla de humedad y productos de limpieza lo traslada al primer día que entró por esa misma puerta, de la mano de la entonces su novia. Les gustó tanto que desde ahí mismo llamaron al tío, el viejo pescador. Tienes que conseguir que nos abran la capilla. Nos encanta esto.
Aparece el mismo encargado que los atendió diez años atrás. Ahora luce una barba generosa pero cuidada, más canosa que negra. Parece como si el pelo que antes tenía en la cabeza se le hubiera trasladado a la cara, piensa al verle. Buenos días, qué desea?.
No lo ha reconocido. Claro, han pasado diez años. Se identifica. Soy Carlos, he encargado una habitación. Quiero darle una sorpresa a mi mujer, tengo que encontrarme con ella más tarde.
Claro, por favor, disculpe, ¡Cuanto tiempo!. ¿Qué es de sus vidas? Entablan en ese momento una conversación que Carlos no quiere alargar. Tiene cosas qué hacer. Le pide las llaves. Le pregunta cuánto le va a costar pasar una noche. 250 euros que paga con tarjeta de crédito, por sorpresa del encargado. Le suplica que pague cuando se vaya. Le responde que prefiere pagar por adelantado. Llama a un botones para que le lleve el equipaje. No hace falta, sólo llevo esta mochila. Tampoco hace falta que me acompañe, me sé el camino.
Coge la bolsa, se la echa a la espalda y cruza la entrada que desemboca en un patio interior lleno de plantas autóctonas, con bancos para sentarse a leer un libro y una puerta de madera maciza que da al interior de la capilla anexa. Enfrente, unas amplias escaleras de piedra que dan acceso a la planta superior. La única diferencia que atina a encontrar es que en la escalera han colocado una plataforma motorizada para minusválidos, inexistente hace diez años. Llega a la habitación. Le tiembla el pulso, lo suficiente como para no acertar con la llave en la cerradura a la primera.
Abre la puerta. Siente entonces un fuerte hormigueo que le va desde el cogote a la punta de los dedos. Todo sigue igual, inamovible. La misma cama con cabezal de hierro forjado, de fabricación reciente pero que da la impresión de ser centenaria. Sábanas color tierra, con cojines a juego. Las mismas cortinas, que dejan entrever el límite del mar a través de unos cristales gruesos instalados en una antigua ventana de madera que se pudo conservar. La mesita, rescatada de un anticuario y que sirve para sostener un jarrón con flores naturales, que son reflejadas por un espejo que sigue teniendo manchas negras en los bordes, muestra inequívoca que también tiene sus años.
Ante ese espejo se rieron los dos cuando medio vestidos, medio desnudos, se dieron cuenta que aún caían granos de arroz de sus cabezas. Habían permanecido sobre ellos las seis horas que duró el convite. Deja la bolsa en una vieja silla que no invita a sentarse y se tumba en la cama. Permanece en ella un buen rato, recordando, absorto.
Mira el reloj. Faltan 45 minutos para la una y veinte. La hora en que ella dijo que sí, que se casaba conmigo.
No quiere dejar nada al azar. De un salto se levanta de la cama. Saca de la mochila la crema de afeitar, el jabón, la maquinilla. En el hotel hay champú, pero quiere usar los suyos. Se ducha a conciencia. Se afeita. Se pone ropa limpia. Mira el reloj. Pasan cinco minutos de la una.
A esta hora recuerda que estaba ya ante el capellán, recién regañado por su propia madre por no haber entrado antes en la capilla y haber visto a la novia antes de hora dentro del coche. Lo recuerda mientras, ahora ya mecánicamente, vuelve a mirar el reloj. Escribe una nota que deja sobre la mesita, al lado de las flores. Está nervioso porque se acerca la hora, quiere que salga todo perfecto.
Coge la llave de la habitación, revisa que todo esté en orden. Sus enseres, recogidos dentro de la mochila. La carta apoyada en el jarrón. La cama, con las sábanas otra vez en su sitio, libres de arrugas y pliegues. Sale, cierra la puerta.
Baja las escaleras, cruza el patio, y sonriendo echa una mirada a la puerta de la iglesia. Por ahí entraron el primer día que vieron la capilla por dentro. La puerta principal estaba encallada y no pudieron abrirla. Llega a la recepción. Le da la llave al encargado. Es la hora.
Sale fuera del hotel y camina hacia la capilla. Se para. Recuerda las felicitaciones, la aparente alegría colectiva, a su familia, a la de su mujer. Todos impecablemente vestidos. Dirige aceleradamente sus pasos a la entrada dispuesto a apretar con fuerza para comprobar si la puerta está abierta, pero desiste. La herrumbre del candado revela que hace tiempo que poca gente ha entrado por ahí.
Decide entonces ir a la parte posterior, donde se hicieron las fotos. El precipicio sigue ahí, con el mar rompiendo en las agrestes rocas a casi trescientos metros de distancia. La barrera de piedra que separa el sendero del precipicio es lo suficientemente ancha y lo suficientemente baja como para poder sentarse, a pesar del peligro que ello implica. Se sienta.
Cierra los ojos. Recuerda como iba vestida a esta hora diez años atrás. Vestido claro, no muy ostentoso. Un ramo de flores entre las manos diseñado por una amiga íntima, florista de profesión. Recuerda como entraba en la capilla, con la cara rebosante de ilusión. Mira el reloj, justo a esta hora. Inspira. Recuerda también lo felices que fueron los años siguientes. Y acaba por recordar que hace ocho meses la perdió en un accidente de tráfico. Conducía él. Se pone de pie. Abre los brazos. Se deja caer. 300 metros después vuelve a estar con ella.






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